Hijo amado, que nadie lastime tu vuelo

Hijo amado, que nadie lastime tu vuelo

Muerte olvida a mi hijo, aléjate del calor de su cuerpo enfermo, aléjate al fuego de la llama eterna. Mi hijo es un ser inmortal, jamás podrás ser su dueña ni su sombra en las tinieblas. Tan sólo será dueño él mismo de su amor puro, de su amor libre y sin desvelos.
Sin desvelos, yo descanso en el regazo de sus brazos finos y quemados. Brazos cálidos como el fuego de la lumbre, aunque tú muerte le acechas incesantemente en sus frágiles sueños. Y descanso, y reposo mi cuerpo extenuado, abrasado por los rayos ardientes de mi desierto. Mi boca seca no puede pronunciar esos nombres, ni esas frases que alientan mi pesado caminar. Siento cómo duelen las perlas blancas, de coral hialino, en mi cuello de cisne dormido. Son perlas marinas, brillantes en océanos abismales. Son perlas cautivadoras de dulces y tiernas esperanzas. Son perlas regaladas, en ofrendas, por sirenas vestidas con djellabas blancas. Bellas sirenas, con sus túnicas blancas, danzan y bailan al son de viejos tambores de la selva.
En la selva sahariana los chamanes invocan a sus viejos ancestros. Ancestros encarnados en espíritus de halcones negros. Águilas rojas acechan el poblado de mi príncipe amado. Águilas surcan los mares y los cielos africanos, con sus alas encrespadas a los techos celestes aterciopelados de estrellas. Son banderas blancas, encrespadas y desplegadas en los océanos de tu cielo y de mi cielo ardiente. Cielo añil, azul celeste, lleno de estrellas incendiarias en las noches del verano austral caliente.
Me quedan pocas fuerzas, pero mi corazón a gritos exclama un leve suspiro de plata: ¡Te quiero! ¡Te quiero hijo, a pesar de tus extraños sentires, de tu agonía lenta en el más absoluto silencio! En la soledad temprana, en la soledad más absoluta, siempre te protegeré mi cielo de estrellas dormido, al amanecer con el rocío del alba. Eres mi niño pequeño, eres mi dulce sueño del alba en la eterna madrugada. A veces, me pregunto a mí misma: ¿Por qué creciste tan rápido? ¿Por qué intentas a cada instante, contener tus llantos y lágrimas de terciopelo raso? No olvides la inocencia, ni todo aquello que humildemente te enseñó la Madre Tierra. Percibo, en esa inocencia cautiva de niño, que eres el sueño dulce embriagador de Morfeo. Tu espíritu dormido reposa, levemente, sobre la fina arena de la playa, mientras las olas arrecian contra el acantilado de tus plácidos sueños.
Hijo amado, soy como tú me imaginas en tu mente de niño, en tus sueños prohibidos. Soy la dama negra que acalla las voces y lamentos del pueblo sufriente. Soy princesa cautiva, gacela salvaje en las noches azuladas de mi desierto. Soy viento indomable, huracán ardiente de poesías esenias. Soy mensajera de odas poéticas contra la esclavitud de nuestro pueblo. Soy musa revolucionaria que ansía la libertad del pueblo hebreo. Soy halcón peregrino en tus sueños más cautivos. Soy mensajera de tiempos perdidos, desde el origen del universo, desde el árbol de la vida.
Sé que te sentiste muy solo en ese desierto, en las noches oscuras y sombrías de la madrugada fría. Noches azules donde mi esencia y yo vagábamos perdidas, entre callejuelas estrechas de la vida. Aún recuerdo tus primeros sollozos, tus llantos de intenso clamor pidiendo libertad para nuestro pueblo. Eras frágil, de mirada ausente perdida en el infinito, con ojos grandes y muy vivarachos. No pronunciabas palabras, ni frases con sentido. Tu alma vivía en otros mundos oníricos, donde reinaba el silencio eternamente dormido. Por eso nadie oía, ni escuchaba tus incesantes lamentos de niño. Hijo amado, ¡aún recuerdo tus primeros pasos! Tú salvaste, tan sólo en un mágico y preciso instante, el rumbo de mi vida. Siendo inocente, salvaste mi espíritu del fuego eterno, y yo volví a renacer de nuevo, entre cenizas y fatuos rescoldos, como un ave fénix en su eterno vuelo imaginario. Quedaron brasas aún calientes, pero ahora intento apagarlas. Apagarlas con tu dulce mirada, aún inocente pero ya liberada. Liberada de los engaños fatuos y de las mentiras descarnadas. Liberada de la jaula dorada de la esclavitud humana que, entre sus barrotes de oro y plata, encerraba tu alma escarlata en la tierna infancia. Alejaste ese monstruo terrible que aterraba tu infancia. Tu infancia cautiva entre siete barrotes, y silenciada por cadenas de acero y plata. Tu mirada, espejo del miedo, reflejo del terror de la guerra y del odio entre pueblos.
Mas en tu mundo mágico, de duendes y elfos, volabas al cielo entre dulces sueños de Morfeo. Volábamos juntos hacia la inmortalidad humana, hacia las cumbres nevadas de nuestro querido Himalaya.
Hijo, ahora quisiera volver a emprender junto a ti esos vuelos, esos prohibidos deseos y anhelos de libertad de nuestro pueblo. Quisiera proteger tu esencia dormida, y custodiar tus lindos sueños. Sueños de almas puras e inmensamente blancas. Sueños de inocentes miradas perdidas, en el atardecer de un espejismo dorado.
Susurros de campanas tibetanas llegan con el viento del norte. Son dulces sonidos, espejismos que traen los vientos indomables. Susurros de mantras rozan suavemente tu mejilla cálida y sonrosada. Vientos del Tíbet acarician tu preciosa alma de ángel divino escarlata. ¡Qué nadie lastime tu dulce y eterno vuelo! ¡Qué nadie lastime tus alas de ángel desplegadas a los vientos sureños!

Maika Etxarri
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Acerca de palabrasdeluzypaz

Soy un espíritu libre poeta, enarbolando la bandera de la paz y libertad, en este universo existencial. Vivo en el eterno presente, aquí y ahora, bajo el poder del amor, sin la incertidumbre del mañana, sin la esclavitud del nuevo orden establecido mundial. Maika Etxarri Escritora, poeta, blogger y fotógrafa Autora del libro: La rosa del desierto
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