Memorias de África

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Memorias de África

Quiero ver lejos al feroz guardián del abismo. Eres el tren de mi vida, eres mi estación prohibida. Parada de vagones en el umbral del Más Allá.
Llevas tu pelo rizado adornado con hermosas flores de loto, flores enraizadas y encrespadas hacia el cielo. Desprende tu piel aroma de flores rojas, flores enraizadas en tu amargo dolor, en el abismo profundo de la sinrazón. Eres mi estrella de luz divina, luz de ojos inocentes que miran a escondidas. Tu rostro, alivio de brisa y fuego, espejo de suspiros y tormentas de mi corazón extenuado.
Tu delito es la inocencia. ¡Bendita inocencia y paciencia! Virtudes que los indeseables convierten en pecados malditos y mortales. No quiero perderte otra vez madre, ni que te alejes de tu dulce inmortalidad. Los poderosos no tienen afectos, ni razón. No poseen corazón noble, ni la más mínima devoción. No sienten compasión por tus lloros en silencio, ni por tus ríos de agua viva, ni por tu inmenso dolor. Y tu corazón cansado, agotado y extenuado, vestido con viejas djellabas rojas, dilata mis pupilas en cada instante que te miro. Te voy a colmar de besos y te voy a extrañar de nuevo. Te recuerdo saliendo descalza, entre sueños rotos, con los pies desnudos y fríos por las calles oscuras de tus pesadillas. Te recuerdo soñando despierta y caminando a oscuras, entre sombras grises-nocturnas. Pero no te arrastres ante los “sin nombre”, déjalos que aguanten tus versos cantados a los besos cálidos de tu bello amor. Acelera tus latidos en la letanía tranquila de tu bello horizonte. Dejaron tu corazón sin tiempo, pero con dolor humillante. No tienen destino, ni rumbo fijo en el mundo onírico de la ilusión. Jamás me abandones madre, bella estrella de los mares, en la selva profunda de la sinrazón.
Muchos momentos eternos son bellas canciones para ti y siembran flores preciosas en mi jardín dorado. Son canciones dedicadas a tu querido ángel. Son grandes canciones que naufragan en la tempestad de tus océanos lejanos y durmientes.
Antorchas amarillas colorean tus alas rotas, frágiles, espantadas al viento. Raíces que se asoman a la brisa marina en tu trasfondo de preguntas. Estás dentro de mi vida. Sé que eres mariposa inmortal, aunque a veces crees ser mortal. Siempre serás paloma blanca en los baches de mi loco corazón.
Madre, su delito es no tener compasión. Compasión desmedida por tu mente enredada en laberintos oníricos. Mas tu corazón irisado no contempla el delito, ni la ceguera de los poderosos indeseables. Ya sabes que la vida es una rueda, un carro viejo, donde todo gira y transmuta en delicada poesía. Poesía que llora tu destino más cautivo y la desnudez despojada por tus crueles enemigos. No podrán reflejarse en el espejo roto de tu humildad desmedida quienes critican tu dura realidad, en esa burbuja tremendamente asfixiante.
¡Mejor callar que gritar! ¡Mejor cantar que llorar! Madre África: ¡Te echaré tanto de menos! ¡Jamás olvidaré nuestros instantes felices, ni el brillo de tu cometa irisado que haces brillar en las conciencias plateadas! Escribirás versos cantados, en tus papeles viejos y mojados por las olas cristalinas y las dudas de estas fieras desmedidas.
Lucharé con la paz por delante, para que los demás comprendan tu esencia pacífica e inmortal, y no te hieran mi ángel. Ángel eternamente dormido en un lecho florido de rosas y lirios enmudecidos. Clarinetes celestiales entonarán música, en tu última madrugada. Mas tu corazón aliviado sigue el ritmo acompasado, pausado, de mi latido cansado y extenuado. Sus corazones osados, oscuros y ensombrecidos, mienten al más puro olvido de tu intenso amor prohibido.
Recuerdos de mi infancia desbordan los ríos y océanos de cristal de roca. Recuerdos que galopan en mi mente, mientras tú, madre adorada y querida, curas mis infinitas heridas mortales con tu sublime amor maternal. Cicatrices tatuadas, en negro y blanco, son inmensas lunas celestiales. Celestes se reflejan en los océanos de mis mundos mágicos soñados. Me abrazas cuando hace frío, y calientas con tus brasas y rescoldos la hoguera de mi corazón malherido.
Oigo suspiros de feroces leones, rugidos entre las penumbras oscuras de las nieblas de tu olvido. Olvidos que vislumbro y pretendo desvelar, ante tanta mediocridad que se esconde tras la miseria humana.
Linternas amarillas enfocan mi retina casi ciega, entre juegos de luces y sombras, de tus idas y venidas. Linternas cegadas por el resplandor, bajo ese inmenso sol abrasador de tu desierto. El sol, rey del universo celeste, desprende tormentas de fuego, quemando el orgullo innato de los que critican tu existencia humana.
Es como un cuento, al atardecer bajo los rebrillos del sol, para seres inocentes unidos por candados de amor engarzados en plata.
Tienes sólo un nombre Libertad, no lo olvides jamás, aunque ellos te roben la joya esmeralda de tu bendita memoria de geisha. Memorias de África y olvidos de princesa esclava llenan sus vacías existencias humanas. Y la luna azul hace guiños locos, mientras el sol danza con sus rayos abrasadores, al escuchar tu nombre en vano.
Pienso en ti, cada instante, madre…
¡Qué bramidos se oyen en las noches silvestres! Y su corazón extasiado se hace dueño de tu eterno olvido, en tan sólo un breve y eterno instante vacío de palabras. Son fieras salvajes, feroces leones que descarnan su rabia en tu sangre derramada. Sangre quemada y caliente por el rubor y el olvido. Ecos lejanos atormentan sus días, en extrañas penas y añoranzas por los seres queridos. Son ultrajados por sus odios desmedidos. Convertidos en esclavos cruelmente oprimidos. Al sol poniente, olvidan sus huellas de sangre ardiente y sus continuas cicatrices mortales. Duelen y atormentan sus extrañas vanidades. Entresijos llenos de viejas telarañas, de eternas traiciones y falsas esperanzas en el mañana, allí al fondo, encuentran silencios rotos en sus mentes desvariadas. No permitas jamás sus tormentos, ni consientas sus falsos lamentos.
Madre, no lo olvides, Shambhala te espera y te acompañará en tu eterno vuelo. Tu danza invisible y mágica hechiza y embruja mis sentidos. Danza de llama divina, alrededor de la lumbre, en la hoguera de mis sueños y lamentos. Danza de los siete velos embriaga a los cuatro vientos de este desierto. A los vientos espantados por el rugido de sus altaneras voces, encadenados por los soles de tu hermosa y dulce madrugada. Madrugada esperada y paciente. Silencios entrecortados en tu cueva secreta y sigilosa, cueva abandonada en los montes del Olimpo.

Maika Etxarri
Copyright prosa poética y fotografía

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Acerca de palabrasdeluzypaz

Soy un espíritu libre poeta, enarbolando la bandera de la paz y libertad, en este universo existencial. Vivo en el eterno presente, aquí y ahora, bajo el poder del amor, sin la incertidumbre del mañana, sin la esclavitud del nuevo orden establecido mundial. Maika Etxarri Escritora, poeta, blogger y fotógrafa Autora del libro: La rosa del desierto
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